Caleidoscopio

De niño, etapa de exploración, jugué alguna vez con un caleidoscopio. Uno lo agitaba levemente, o tan sólo lo giraba, algo sonaba en su interior y veímos por un extremo del instrumento una nueva configuración simétrica de formas y colores. Volvíamos a agitarlo y surgía una imagen diferente, sin que pareciera que la imaginación del aparato llegara a agotarse.

No ha de extrañar por tanto que, según Wikipedia, el caleidoscopio sea uno de los juguetes más conocidos del mundo y uno de los más apreciados por su efecto óptico.

De modo que un niño o un adulto podía generar diversidad con un sencillo y barato caleidoscopio. La cuestión de fondo es si tal diversidad es artificial o no, o de una calidad equiparable o inferior a otras diversidades, palabra hoy en día muy de moda.

Tal vez agotemos las posibilidades del caleidoscopio y busquemos un instrumento que nos entretenga con su variedad tanto y tan barato. A veces hacemos un uso caleidoscópico de la televisión. Los programas informativos nos aportan datos sobre el mundo, sobre todo actualidad, pero hay un punto en que la riqueza de pormenores convierte al medio en una especie de caleidoscopio. Uno casi ve la mano de los productores que con una fácil, mecánica manipulación generan una nueva combinación diferente y a menudo sorpresiva.

¿Constituye esta diversidad generada un valor en sí?

Me pregunto si podemos comparar el valor de la diversidad caleidoscópica con la diversidad que encontramos en la naturaleza o en las personas o personalidades. Probablemente según se difunde el modo de vida urbano el ser humano percibirá o consumirá más de esta diversidad artificial y menos de la natural (Véase Organic Diversity(en inglés)).

También cuando hablamos de moda, cuando comentamos que determinada norma o combinación se han puesto de moda, estamos aludiendo a una diversidad caleidoscópica. Los árbitros de la moda, los que la proponen o imponen, de alguna manera tienen en cuenta modas anteriores (se busca cierta alternancia) y también cómo va a resonar la nueva moda con el espíritu de los tiempos.

Creación de contendio

Nuestra idea clásica de contenido es que una comunicación (un escrito por ejemplo, o una película) consiste en un contenido expresado mediante una forma. A partir de esta concepción podemos o bien limitarnos al contenido, apreciar sólo la forma, o percibir y asimilar ambos, forma y contenido.

Ahora bien, en nuestro modelo económico una parte de los trabajadores se dedica a crear o generar contenido. ¿Significa esto que las empresas y estados contratan a personas dotadas de una alta creatividad conceptual o profetas en comunicación con dios u otros espíritus? No. Dicho contenido se genera haciendo girar una manivela, de una manera decepcionantemente mecánica.

Pongamos que el banco tal decide crear un nuevo tipo de cuenta que remunera muy alto los primeros 50.000 euros, o dólares, y que sólo se maneja electrónicamente, y la denomina o comercializa con el nombre de weference. Se supone que los clientes entenderán que resulta de la contracción de las palabras inglesas web y reference, dos palabras muy de moda hoy en día. Probablemente la entidad haya celebrado reuniones de varias horas en las que se debatiría cómo llamar exactamente a esta nueva cuenta, así como su funcionamiento. Desde el punto de vista del ciudadano, no necesariamente un inversor entregado a rentabilizar su capital, en su mundo ha aparecido un nuevo elemento con un nombre y unas características. Sin duda alguien está diseñando su mundo, en este caso un agente privado, en otros casos un agente público.

En el ámbito del llamado entretenimiento también observamos toda una cadena de producción. Series de televisión, programas concurso, incluso noticieros. Buscamos que nuestro ocio, que cada vez ocupa más horas del día, ya sea por el paro estructural, la reducción de la jornada, la jubilación etc., esté salpicado de emociones y sorpresas.

Algo parecido observamos en literatura. Frente a los géneros clásicos surgen y acaparan lectores toda una variedad o supuesta variedad de subgéneros cuyos seguidores o más bien consumidores esperan estilos, ideas y ambientaciones muy específicos: novela romántica erótica homosexual, novela romántica juvenil, ciencia ficción galáctica, novela histórica etc.

Muchos escritores han escrito novelas encasillables en un género muy específico, pero aspiraban a llegar a un público general, no a un club restringido. Ejemplos: Solaris de Stanislaw Lem, Yo, Claudio de Robert Graves, o El Quijote, de Cervantes. Se trata de novelas pertenecientes respectivamente a los géneros de ciencia ficción, novela histórica y novela de caballerías, pero que van más allá de los tópicos de dichos géneros.