Capitalismo Privado

El capitalismo privado es un sistema de organización económica fundamentado en que unos agentes privados (personas o asociaciones de personas) posean dinero y otros activos (capital) con los que generar bienes y servicios que al venderse les generan ingresos.

La teoría del capitalismo privado, como toda teoría, presupone una situación tipo: la producción industrial en la que unos agentes invierten parte de su capital en máquinas y otros activos altamente específicos necesarios para producir con eficiencia.

Por tanto, el capitalismo se diferencia del rentismo, aunque se suele confundir con él, en que los activos que el restista posee le proporcionan unos ingresos fiables y automáticos, a menudo con el apoyo del Estado, y en que sus activos conservan su valor a lo largo del tiempo, no se deprecian (por obsolescencia por ejemplo).

Presupuestos del capitalismo privado

libre competencia
Todo ciudadano está autorizado a emprender cualquier actividad económica que elija siempre que ésta sea legal y ofrezca unas garantías de seguridad. (Por ejemplo no podrá producir drogas ni ejercer la medicina sin una titulación.)
información perfecta
Los potenciales compradores de un producto disponen de toda la información sobre su calidad, prestaciones, composición etc.
el precio fija el valor de las cosas
Exceptuando productos ilegales (drogas, armas, panfletos difamatorios etc.) no se presupone que un tipo de mercancía vale más que otra. No existe el concepto de valor intrínseco de una mercancía, sino que se deja al mercado que decida sobre si se ha de producir y a qué coste.
el capitalismo es dinámico
Por la libre competencia, una empresa puede quedarse fuera de mercado según avanza la tecnología o cambian las preferencias del público. Una empresa pequeña puede medrear, otra grande entrar en quiebra.
especificación-especialización

El sistema capitalista tiende a colocar a cada trabajador en los puestos que se le dan mejor por naturaleza, preferencias, formación etc. Esto no se limita a la exigencia de una titulación para ejercer un oficio o profesión. Los empleos y profesiones no se heredan de padres a hijos.

Otros sistemas no, y en consecuencia generan menosvalor. Los comunismos a menudo ven la fuerza en la masa, en la solidaridad y en la homogeneización.

Negociación y cumplimiento de los acuerdos

En un capitalismo las dos o más partes conversan para llegar a un acuerdo sobre cómo coordinar sus acciones. Muchas empresas requieren de la colaboración de varios individuos u organismos cada uno con bienes y servicios diferentes y complementarios. A continuación, los acuerdos deben cumplirse, preferiblemente sin tener que litigar.

El capitalismo necesita crecer para mantenerse

Se suele asociar el capitalismo con las nociones de propiedad privada y de libre mercado. Es cierto que el capitalismo se origina a partir de esas dos premisas, pero eso no es lo que lo caracteriza. De hecho, ha habido otros sistemas económicos anteriores que ya se basaban en la propiedad privada y en el libre mercado. A decir verdad, el capitalismo actual se caracteriza, más bien, por la propiedad corporativa y por el mercado intervenido. Así pues, ¿qué es lo verdaderamente esencial al capitalismo?

Lo que caracteriza al capitalismo como tal es el hecho de que el capital tenga derecho a una remuneración, y que esta remuneración sea proporcional a su tamaño: a un porcentaje, vamos. Es decir, lo que es inherente y caracteriza al capitalismo es la idea de que se invierta un dinero y que se vaya a recuperar ese dinero más un cierto interés. Es el interés compuesto el que genera, pues, la necesidad del crecimiento.

En el capitalismo de inicios del siglo XXI, el dinero no permanece ocioso. Las grandes empresas funcionan con financiación ajena porque tener el dinero quieto resulta contraproducente. Así, toman sus recursos y los invierten en una diversidad de actividades: una parte va a la actividad propia, pero también a actividades ajenas, y, si necesitan más dinero, lo piden prestado al banco. Hoy en día, es impensable que una empresa de cierto tamaño ahorre dinero de sus beneficios para acometer una inversión. Lo que se lleva es estar siempre pidiendo prestado a los bancos. De donde toda la actividad productiva está sometida al régimen que le imponen las instituciones financieras. Esta manera de funcionar, propia del capitalismo, garantiza que el capital financiero vaya a conseguir una remuneración. Al final, todo el capital del mundo, ya sea a través de fondos de inversión que capitalizan las grandes fortunas, ya a través de fondos de pensiones que recogen el dinero de los pequeños ahorradores, prácticamente todo el capital acumulado del mundo está en movimiento en el circuito financiero. Ese capital necesita producir beneficios. Necesita recibir un interés. Por tanto, ese capital está siendo invertido una y otra vez mientras se espera que esas inversiones den un rendimiento. De aquí proviene la necesidad misma de crecimiento.

Y no se trata de uno precisamente lento: con un crecimiento del PIB del 2,7 % anual (un porcentaje que nos puede parecer bastante moderado), el valor del PIB se duplicaría cada veinticinco años. Es decir, se multiplicaría por cuatro cada cincuenta años, o por dieciséis cada cien. La España de principios del sigloXXI tiene un PIB anual de poco más de un billón de euros. ¿Se imaginan cómo debería ser la España del siglo XXII, con un PIB de dieciséis billones, es decir, equivalente al 80 % de la economía estadounidense actual? ¿Cómo se conseguiría ese incremento del valor económico de los bienes y servicios que se prestarían en España, que es lo que se contabiliza en el PIB? ¿Produciendo dieciséis veces más bienes y servicios? ¿Acaso se van a vender dieciséis veces más coches y teléfonos inteligentes? ¿Vamos a recibir dieciséis veces más turistas? Los economistas clásicos, en vista del absurdo que eso plantea, responderán que no, que la clave consiste en centrarse en aquellas actividades y productos de mayor valor añadido, pero lo cierto es que la actividad productiva se sigue centrando, en buena medida, en las necesidades reales de la gente. Además, como ya comentamos hablando de eficiencia, un mayor valor añadido implica de manera prácticamente inevitable un mayor consumo de energía y también de materiales, con lo que en cuanto al impacto no se diferenciaría de multiplicar por dieciséis el consumo actual de bienes más básicos. De hecho, aunque a los economistas les moleste que se les señale, a igualdad de otros factores, lo que más hace crecer el PIB es el aumento de la población, porque una persona nueva es una unidad nueva de consumo con todas sus necesidades a cuestas por cubrir. Por eso la población del mundo se ha disparado durante el último siglo y medio: porque le venía bien a la economía. Ahora reflexionemos un poco más: si España tiene cuarenta y siete millones de habitantes hoy en día, ¿se imagina el lector cómo debería ser la España que verán nuestros nietos, la del siglo XXII, con setecientos cincuenta millones de habitantes? Y, encima, el problema es que la irracionalidad del crecimiento no se detiene nunca: dejemos pasar otro siglo y España tendría que estar poblada por mil doscientos millones de habitantes, la sexta parte de la población mundial de hoy en día, y, un siglo después, ascendería a diecinueve mil doscientos millones de personas, más del doble de la población del mundo actual.

Esta es la magia perversa del interés compuesto: las cantidades crecen, y lo hacen a un ritmo vertiginoso si se miran en una perspectiva histórica. Pero el interés compuesto es la base del capitalismo. Sin un interés lo suficientemente alto (eso que los economistas ecológicos denominan tasa de regeneración del capital o tasa de ganancia), el capitalismo dejaría de existir. Sería otra cosa, pero distinta del capitalismo. Y, si no se da suficiente tasa de ganancia, eso, en un sistema como el nuestro, orientado al crecimiento, implica recesión, crisis económica, destrucción de la actividad económica y paro.

Hay quien dice que debemos abandonar el PIB como indicador de referencia, que deberíamos fijarnos más en índices de desarrollo humano. Eso es en realidad irrelevante mientras no se abandone el capitalismo. Si se presta atención al PIB, es porque se trata de una medida orientativa para el capital sobre el rendimiento medio de las inversiones que se hacen en un país. Si el Estado no midiera el PIB, lo harían empresas consultoras especializadas, porque el capital necesita conocer esa información para poder guiar su inversión. Por eso, además, no es importante el valor absoluto del PIB, sino su tasa de variación, su porcentaje de cambio, porque eso es lo que le da una idea al capital de cuál puede ser su rendimiento. España produce un billón de euros de PIB, y eso es mucho. ¿No nos podríamos conformar con eso? ¿Por qué, si ese PIB no continúa creciendo, las cosas van mal? Porque el capitalismo necesita del crecimiento, porque el capital necesita obtener beneficios, y no los tendrá en una economía estacionaria, no importa cuán grande sea. En una economía que no crece, el retorno de la inversión del capital es cero, no puede ganar dinero.

Pero nosotros nos encontramos ahora en una situación de descenso energético forzado. La disponibilidad de energía va a ir disminuyendo cada año. Recuerden el símil del descenso del «sueldo energético» aplicado al petróleo: en efecto, vamos a cobrar menos energía cada año y, con ese sueldo energético decreciente, tenemos que llegar a fin de mes. Por fuerza, por tanto, nuestra actividad económica decrecerá porque no vamos a poder permitirnos mantener todas las actividades en marcha, al no alcanzar la energía disponible (ni, de hecho, los materiales) para todas. Y cada año será peor: por cada año transcurrido, tendremos que dejar de hacer más cosas para centrarnos solo en aquellas importantes. Encima, será forzoso destinar una cantidad creciente de recursos a luchar contra el problema ambiental que hemos creado, con lo que iremos todavía más justitos.

En medio de este contexto, resulta imposible obtener un crecimiento económico. Al contrario, lo que va a haber es un proceso de contracción económica. La cual no será constante ni tampoco igual en todas las partes del mundo. Es más, en algunas zonas se podrán experimentar temporalmente ciertos períodos de mejora a costa de sumir a otras zonas en una depresión económica mayor. En todo caso, estamos empezando un descenso que no solo es energético, sino también económico, y que será de tal calibre que acabará destruyendo el capitalismo tal como lo entendemos hoy en día. Esta crisis no acabará nunca.

Para evitar que alguien se haga una idea equivocada de lo que se habla aquí, cabe decir que el mismo problema del que adolece el capitalismo lo tiene el comunismo, por lo menos el comunismo tal como se ha entendido y practicado en el mundo durante el sigloXX. No en vano, los sistemas comunistas que hemos conocido son básicamente sistemas capitalistas de Estado, en los que dicho Estado poseía todos los bienes de producción y beneficios. Por lo demás, su modus operandi ha sido similar al del capitalismo y, de hecho, tras los choques ideológicos de mitad del siglo pasado, a partir de la última década del sigloXX, con el final de la Guerra Fría, capitalismo y comunismo (quizá fuera más apropiado decir capitalismo corporativo y capitalismo de Estado, respectivamente) se han entendido bastante bien: ahí está China, país comunista, fabricando la inmensa mayoría de los productos que se consumen en el mundo capitalista. Como el capitalismo, el comunismo es un sistema extractivista (basado en la extracción de los recursos naturales de la Tierra) y, por tanto, la llegada del peak oil y del pico del resto de las materias energéticas —el petrocalipsis al que nos hemos referido, en suma— supone para el comunismo el mismo peligro existencial que para el capitalismo.

Durante los últimos años, estamos asistiendo a un proceso de «negociación» entre el capitalismo y los límites biofísicos del planeta. Por una parte, están los problemas evidentes para todo el mundo: la crisis ambiental y, en particular, el cambio climático. Por otra, los problemas escondidos o minimizados, pero que imponen limitaciones severas desde ya mismo: la crisis de los recursos. Pero no se puede hablar abiertamente del problema de los recursos porque su consecuencia inevitable sería asumir que tenemos que decrecer y, si la gente lo supiera, no aceptaría según qué sacrificios y llegarían a exigir un mejor reparto de la carga. Así que, de momento, se está procurando disimular el problema de los recursos e intentando cubrirlo todo dentro de la lucha contra los problemas ambientales, en la que todos nos deberemos implicar.

Por ejemplo, debido a la escasez de petróleo crudo de calidad, la producción de diésel ha comenzado ya a disminuir. Esto era de esperar: es más fácil producir gasolina (un hidrocarburo más sencillo) que diésel (que es algo más complejo). De ahí que el descenso del diésel se note antes que el del petróleo en general y que el de la gasolina en particular. Desde 2015, la producción mundial de diésel se halla en ligero retroceso, y cayó ya un 5 % a finales de 2019 y la producción de todos los otros gasóleos está en caída desde 2007, con un descenso que roza ya el 30 %. Se hace necesario, por tanto, tomar medidas rápidas para disminuir el consumo de diésel mientras se buscan alternativas a su uso, en caso de ser eso posible, porque, además, el descenso se va a acelerar en los próximos años. El problema es que el transporte mundial depende del diésel, destinado a los camiones y furgonetas, y mucha maquinaria pesada funciona con diésel. El diésel, lo hemos dicho ya, es la verdadera sangre de nuestra civilización.

Podríamos salir a la calle y explicar el problema real. Y, una vez debatido el asunto, llegaríamos a la conclusión de que hace falta adaptarnos a un entorno de decrecimiento forzado y comenzaríamos a hablar de cómo crear una nueva sociedad que pueda generar empleo y bienestar sin necesidad de crecimiento.

Pero eso es inaceptable para los poderes económicos. Así que, en vez de eso, se escoge otra estrategia.

Se comienza a decir que los coches de diésel son muy contaminantes, que emiten muchas partículas y gases irritantes, que son malos para la salud. Lo cual es cierto, lo que pasa es que no es nuevo: hace ya más de cuarenta años que se sabe eso. Encima, los motores de los coches actuales son muchísimo menos contaminantes que los de entonces. Y, además, toda esa contaminación es mucho mayor cuanto más pesado es el vehículo y, en particular, en el caso de los camiones: estos y las furgonetas representan en España cinco veces más emisiones nocivas que los coches de diésel. Pero nadie habla de sustituir los camiones, porque justamente eso es lo que no se quiere tocar. Por no reconocer que el verdadero problema consiste en la escasez de diésel, se disfraza el asunto de un discurso ambiental que hace aguas por todos los lados. Total, ¿para qué? ¿Para ganar cinco años? Pero el capitalismo es cortoplacista, y cinco años ya le bastan, con la esperanza de que en ese tiempo aparezca alguna alternativa técnica, mágica, que resuelva el futuro inmediato.

Algo semejante pasa con el intento de imponer el capitalismo verde de hace una década, idea rescatada y puesta al día ahora con el llamado green new deal. Lo que se pretende con ello es que se pueda sustituir el actual consumo de combustibles fósiles por energía renovable, sin modificar para nada el resto de la estructura económica, productiva y social. Es una idea muchas veces repetida y que no pocas asociaciones ecologistas han hecho suya, hasta el punto de convertirla en su apuesta central. Pero ya hemos comentado que las energías renovables orientadas a la producción de electricidad en modo alguno podrán sustituir a los combustibles fósiles y, además, no se resolvería nada en el fondo porque el problema real es la insostenibilidad consustancial al crecimiento. Aun así, hay muchos ecologistas de buena fe que defienden la adopción de medidas de fomento de las instalaciones renovables o la instalación de puntos de recarga para coches eléctricos porque, como mínimo, se estarán dando pasos en la buena dirección. La realidad es que esas medidas no se dirigen a resolver los problemas reales y suponen, encima, un malgasto de recursos, cuando estos van a ser cada vez más escasos: ¿qué sentido tiene instalar en España mayor capacidad de generación eléctrica cuando con 108 GW de potencia el país está más que saturado? De hecho, se podrían cerrar las actuales centrales nucleares sin problemas. ¿Es correcto dar subvenciones a instalaciones domésticas e incentivos al coche eléctrico cuando quienes podrán aprovechar esas ventajas en mayor medida son las personas de rentas más elevadas? ¿Solucionamos en modo alguno los problemas estructurales que tenemos o nos ayuda en algo ante el descenso energético y la crisis ambiental?

Reconozcámoslo: no hay margen para la negociación. No hay nada que se pueda hacer dentro del capitalismo. Mientras no abandonemos este sistema, esta crisis no acabará nunca.

(Petrocalipsis: Crisis energética global y cómo (no) vamos a solucionarla, de Antonio Turiel Martínez)